jueves, 4 de septiembre de 2008

A un joven que no murió


A un joven que no murió. (31 de agosto de 2008)

Juan Cristóbal Beytía, SJ.

Hay cosas que son impredecibles, aunque sabidas. Cuando naciste algo que nadie dijo, pero que todos sabían, rondaba el ambiente: un día vamos a morir. La muerte está ahí, sin avisar el día ni la hora, como una estaca clavada en roca firme, inspirando lo mejor de la filosofía y lo peor de las angustias. Nos gatilla preguntas sin respuesta, nos genera penas indecibles.

Ante la muerte todo parece definitivo. Ya no habrán conversaciones ni caricias, celebraciones ni bailes. La historia se cierra y todos los sueños y proyectos que teníamos parecen cerrarse con ella. Lo que no se conversó quedó así: inconcluso. Lo que no se hizo, no se hará. El último proyecto, lo mismo: truncado hasta quién sabe cuando. Las esperanzas que teníamos se nublan y el brillo de tus ojos quedará sólo en la memoria y alguna que otra foto dejada para recordar, para que la poca memoria que aún nos queda no mate también tu historia.

Es claro, ni tus padres ni yo podíamos prever esto. Lo normal hubiera sido que fueras tú a nuestro entierro, que las lágrimas salieran de tus ojos y el dolor entrara en ti. Pero no siempre es así. Ahora no fue así. Algo se quebró en nuestros corazones. Nada es igual.

No, no podemos evitar tu muerte. Nunca la podremos evitar. Por más contactos ni dinero, por más prestigio o trabajo, por más deseos ni lágrimas, no podemos evitar tu muerte.

En medio de esta impotencia y desazón, miro en mi interior y descubro lo que siempre he sabido: cuánto te quiero. No puedo evitar tu muerte ni tu dolor, pero sí puedo mostrarte cómo vivir la vida…

·        Vive sin temor a la muerte; que el temor no te paralice; que ese paso sea el broche de oro de una vida entregada sin regateos.

·        Vive con grandes sueños, esperando siempre poder hacer camino con otros hacia un futuro mejor, un futuro donde todos tengan asiento en primera fila.

·        Reza y conoce al Dios que te ha conocido siempre, que habita en ti y en ti quiere seguir mostrándose al mundo.

·        Destapa el cajón de tus talentos y despliega toda la belleza y alegría que tienes para dar: estudia sin atajos, inventa sin límites, trabaja sin quejarte, acoge sin prejuicios.

·        Abre el corazón para que quepan ahí todos los hombres y mujeres que encuentres en la vida: los buenos y los malos, los cercanos y los diferentes, de todas las edades y condiciones.

·        Ama de verdad, con pasión, dejando salir la brillantez de tus ojos siempre jóvenes porque siempre esperanzados.

·        Arriesga en lo que valga la pena, pon todas las fichas en aquello que entregue más vida a los demás, que haga florecer la justicia, la verdad y la paz.

·        Entra en la historia, entra en ella profundamente, sin esquivar nada, tocando, abrazando, oliendo y escuchando el canto de la vida, aquella que goza y esta que sufre.

·        No esperes para conversar, no esperes para la reconciliación, no esperes para servir. Di de una vez cuánto amas a los que amas, abraza al que lo necesita, da el paso para integrar al que está todavía fuera del grupo y de la fiesta. No, no esperes a mañana.

·        Que tus ojos no se cierren al dolor ajeno ni al propio; pasa por ahí y compadece hasta el tuétano de tus huesos. Llora si sale del alma y vuelve a abrir el corazón, porque sólo el amor vence a la muerte.

Y un día, no sabemos dónde ni cuándo, al momento en que esa señora muerte te salga al encuentro, mira hacia atrás, descubre lo sembrado, aquello que creció tras de ti, lo que ha florecido en la vida de otros… luego sonríe a la señora, tómale con tus manos encallecidas de tanto amar y extiende tus brazos para recibir el abrazo de tu Dios.

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